Una etapa de la vida.

Estaba chateando con mi amigo, el javalí, como siempre, de todo un poco, siempre hablamos de todo un poco, de lo poco que llueve y eso, y no se cómo ha salido la pregunta: ¿a ti que te gusta más, o el jamón?.
Una tontería, ¿verdad?. Pues de repente, en un segundo, me ha venido a la cabeza toda una etapa de mi vida, de golpe, sin avisar, que es como vienen estas cosas. Son los recuerdos de un vendedor de ilusiones a domicilio, puerta por puerta. Sí amigos, yo vendía.
Me levantaba pronto, cogía el coche y me unía a una carabana de hora y media hasta que llegaba a la oficina. En la emisora de radio del coche siempre ponía al Avellán, a la jungla que creó y que despues desvirtuaron otras cadenas en detrimento de la primera. En sus comienzos era original, por la novedad, luego se les rompió el amor de tanto usarlo y dejé de ponerla. En ese programa llamaban a la gente por teléfono muy temprano y los vacilaban, brutalmente en algunos casos, aprovechandose de que a esas horas no sabes aun quién eres porque te acaba de despertar el timbre del telefono. Y una de las chorradas que decía el Avellán era preguntar a las dormidas víctimas: “¿A ti que te gusta más, o el jamon?”.
Esta pregunta tonta me ha llevado a recordar la estampa mas sangrienta de mi vida, cuando vendía puerta por puerta, a destajo y a deguello, cuando me colé en vuestros domicilios, unas veces queriendo y otras sin querer.
Os vi en vuestro habitat privado, mas intimo y personal, en vuestro aislamiento particular del mundo exterior. Allí donde más seguros os creeis, que es donde sois más vulnerables.
Mi mundo se metió en ese espacio reservado a vuestras intimidades, y lo absorvió como un flan, de un sólo sorbo. Os metí dentro e invadí vuestro piso hipotecado, vuestra morada, vuestro pequeño refugio, y allí, como animales del zoo, os observé, aprendí de vuestras animaladas de persona, de vuestros saberes errados, de la sangre pegada en la piedra de los cabezazos de los que una y otra vez tropiezan con ella, con la misma.
Vi como ibais cediendo a mis deseos, obedientemente, como borregos que van al matadero, ¡cómo saltabais por el aro de lo material!, al ritmo del látigo que sostenia la mano firme, segura, del que quiere conseguir su proposito, del que todo lo tenía claro. Os induje a la necesidad de lo material mientras vuestras mentes bullían por dentro, mientras os calentaba la oreja con rimbombantes palabras y frases hechas de generalidades improvisadas más o menos pensadas. Y vosotros ibais cediendo terreno y yo lo sembraba de mí, y acababais rendidos ante lo inevitable, ante un vendedor, ante un traje y una corbata, ante un manipulador autorizado; como los políticos, como los sofistas, como los que salen por televisión. Alzaba la voz, gesticulaba teatralmente con las manos, os miraba fijamente a los ojos mientras yo me convencía del engaño en el que os estaba metiendo. Y vendía, ya lo creo que vendía. El viejo truco de mirar a los ojos cuando mientes como un bellaco.
No estaís seguros ni dentro de vosotros mismos. Os tendríais que vaciar primero si quisierais no asustaros de vuestro contenido. Lo que teneis dentro no es ni mas ni menos que al vendedor, al político, al maestro, al manipulador que no permite que seais vosotros mismos y que os veais limpios y vacios de tanta basura.
Lo primero que tendrían que enseñar los “maestros” a sus alumnos es a desconfiar del maestro.
Despues maduré y ví claro que mi “camino” no iba por la senda correcta. Yo no quería ser manipulador de mentes, quería ser ante todo yo mismo. Aun sigo vaciandome de todo lo sucio que veo que tengo dentro. Aun mi mochila no es lo suficientemente ligera, pero trabajo en ello sin descanso.

Y esto es lo que ha quedado de la chateada con mi colega el javalí. Saludos coleguita.

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Una respuesta a Una etapa de la vida.

  1. La caminante dijo:

    Una mente prodigiosa.

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