Entre calada y calada.

He desvirgado, lenta y despistadamente, mi penúltimo paquete de tabaco. (Siempre es el penúltimo).
Hoy no he salido a la calle, a ese hostil mundo que se me antoja traicionero, vil e inexorable, que no se deja vencer con ruegos, al que los lamentos se la sudan y donde la debilidad se paga con la vida.
Hoy el sol no me ha hecho llevarme las manos a los ojos, como al que le explota una bomba en la cara, ni parapetarme tras las opacas gafas de pasta negra y de poca pasta, pero la ramera de mi dependencia ha obligado a una mano, sin mi consentimiento, ir al bolsillo del pantalón en busca del tabaco que ansiaban mis pulmones jadeantes. Un gesto por el que se escapa la vida. Gesto inútil, como un cubo con agujeros.
Paradógico y paranóico, la nicotina calma la herida que ella misma provoca, como el amor.
Entre calada y calada he arribado mi mente a lugares lejanos, a lugares remotos por los que yo sólo camino cuando a mi alrrededor nadie me siente; cuando mis sigilosos sentidos han pateado una y mil veces los mismos lugares de siempre, los mismos derroteros, las mismas derrotas.
Es entonces cuando me piro. Es entonces cuando la incertidumbre desaparece, como el conejo en la madriguera, o en su chistera. Es cuando aparece la certeza con su “nada es eterno”, y “todo es miseria”.
¡Qué realidad hay en lo imaginario de un sueño!
Con la fiebre que suda a chorros, del pasajero pellejo donde retoza mi vida, esa que se escapa a latigazos por los desagues de la muerte que corre tras mi pista, tras mis noches llenas de poesía y pesadillas de amaneceres sin la caliente compañia de la fémina elegida, alli me siento. En el banco donde se emborracha el aburrimiento, donde la impotencia descansa de sus idas y de sus vueltas, donde recala el silencio de un sabio del que todos dicen que está loco.
Y mi mano vuelve al bolsillo, tozuda, en busca de su cigarrillo. Otro gesto por el que se escapa la vida. Un motivo por el cual vivirla. Tapar agujeros.
Más caladas y entre medias los desvaríos de un invariable poeta.
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