No-utopía.

Los desolados parajes, las ruinas, las almas plañideras que descargan sus mensajes a ultratumba, se vuelven a avecinar como algo familiar y conocido.
Todo pende de un hilo. Las calles están desiertas, las casas cerradas y en ellas sus inquilinos. El aire está viciado. En el ambiente se mezclan los horrores con las desdichas, la violencia con la codicia. Nadie queda ya que se pueda fiar de sí. Los hombres llegaron al extremo. No hay más salidas. Lo inevitable se cierne sobre las cabezas agachadas.
Todo sigue en silencio. Esperan el momento fatal casi sin respirar, como temiendo despertar a un ser infernal que de momento reposa en la eternidad. Un ser sin prisa que no perdona nada.
La cascada del pensar cesó. Se fue secando poco a poco. Por eso no se dieron cuenta de nada. Hasta que, como siempre, ya fue tarde.
Se les avisó con tiempo suficiente. Se les dijo que mirasen. Pero no quisieron hacer caso. Abandonados los ideales sólo quedó el vagar sin sentido por un mundo que poco a poco perdía su más íntimo secreto.
Cuando a lo lejos vieron nubes negras se llenaron de espanto y de prisas. Prisas, buenas para nada. Entonces empezaron a correr frenéticamente por los paralelos, por los meridianos y la diagonal. Corrieron despavoridos hasta la extenuación. Hasta que la última gota de sudor se secó en el suelo polvoriento de un mundo desértico y agonizante.
El dolor corría de un sitio a otro y a cada uno que encontraba lo contagiaba. Hasta que no quedó nadie. No hay nada peor que ver tu propia extinción y no poder hacer ya nada, salvo tener el valor de observarla sin maldecir ni cerrar los ojos.
Los lamentos se estuvieron dejando oír durante todo el proceso. Cada lamento que agonizaba daba paso a otro que a su vez veía nacer a otro no menos desgarrador que sus predecesores.
Todo por lo que habían sudado, todo por lo que habían matado se perdió para verse sin nada, como al principio, pero ahora ya, sin una segunda oportunidad.
Las estrechas mentes de los hombres se obstinaron en hacer un tiempo mortal, sin marcha atrás, y entregaron la verdad absoluta a una invención que ellos mismos habían creado. “No se puede retroceder”, gritaban los insensatos.
Por culpa de la arrogancia, travestida de virtud, se hicieron sacrificios mortales innecesarios y vanos. Aunque tuvieron una historia no consiguieron aprender de los errores del pasado. Una y otra vez fueron a dar con la misma piedra. Llegaron a heredar una cabeza cada vez más dura para poder soportar golpes cada vez mas grandes, más tozudos. No se les ocurrió otro camino.
Pero cuando el final se les presentó delante no dudaron. A los que ellos tenían por más sabios tuvieron que verlos agachar las orejas. Enmudecieron y jamás se les volvió a oír decir palabra alguna. Los demás se decían unos a otros en el error que estaban, lo necios que habían sido. Se derramaron lágrimas por toda la tierra; lágrimas estériles que no consolaban. Ya era tarde.
Las rotaciones de la tierra estaban llegando a su fin y con ellas el ocaso eterno del principio de los tiempos, donde no existía la prisa, ni la desgana, ni la desesperanza que impregna las desordenadas almas de los que han muerto en vida.
Invariablemente vuelve la mente a la cueva de las culebras a arrastrar sus sucias ideas por el barro que se forma en la tierra cuando la sangre es derramada. Barro sangriento que se seca abrazado a las conciencias. Costra maligna, lacra de una desfigurada sociedad que creía adelantar a velocidades extremas, suicidas.
Pesimismo o realidad, rudeza o debilidad de espíritu. Tal vez miedo al miedo. O quizás ese desear a rienda suelta y sin medida que desborda los juicios y la razón anegando las posibles salidas.
Llega el final; trágico para unos, liberador para otros, indiferente para los que viven en la ignorancia de saberse vivos.
Y en aquella hora no hicieron sino lamentarse y maldecir a los dioses por su inmortalidad y perfección. La envidia es tenaz, e incluso en el lecho de muerte esta al acecho.
Hay que estar muy despierto para poderse dar cuenta de la transición hacia el ocaso. Muy despierto para no tropezar con el escalón de la puerta al entrar por no verlo.
De nada sirvió rezar.
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Una respuesta a No-utopía.

  1. frank dijo:

    Bello relato!Ecce, has sido incluído entre los ‘recomendados’ del Bodegón de DocEstá muy simpático tu blog, hombreNos vemos!

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