Radiografía de un momento del tiempo de una enfermera del turno de noche.

La enfermera del turno de noche repasaba el correcto funcionamiento del gotero de uno que había llevado la policía. Se lo encontraron tirado en un parque, inconsciente, con los pantalones meados. Nada más ingresarlo le dio el subidón produciéndole coma etílico. Allí estaba, tendido en una cama de urgencias, borracho-perdido, necesitado de ciencia para recuperar el mermado conocimiento que antes del ataque re-tenía, para seguir bebiendo en cuanto este “pequeño” susto pasase.
En el pasillo se empezaron a escuchar primero gritos y más tarde golpes. La enfermera del turno de noche dejó al comatoso y salió al ruedo.
Era la psicopatona del cuter. Una loca asidua de las urgencias. Esta vez amenazaba al vigilante de turno.
“Que me dejes en paz”, le dice la psicopatona al vigilante.
“Que no te acerques o me corto el cuello”, añadió mientras se llevaba la mano del cuter a la garganta.
El vigilante había sacado la porra, la defensa del que no piensa.
“Suelta el cuter o te meto con la porra. Vamos so loca, a ver si tienes cojones”.
Era el momento tenso, el punto álgido de la tragedia. El instante fugaz en el que se decide la historia. El paso vital que lleva hacia la victoria o hacia la derrota.
Ahí fue cuando la enfermera del turno de noche entró al trapo que la loca le tendía. Y es que no estaba tan loca. Sólo quería llamar la atención. Ellas lo sabían.
“Aunque nunca se sabe”, pensó la enfermera del turno de noche.
La enfermera del turno de noche se interpuso entre el cuter y el vigilante.
“Calmate Marylin, no pasa nada”, dijo con calma.
La enfermera del turno de noche ya la conocía de aquella vez que la ingresaron por intento de suicidio frustrado, cuando llegó con las muñecas sangrando por los cortes que se había hecho con el mismo cuter.
“Dile a este tío mierda que pase de mí, que se largue”.
“Déjala, por favor, ya me encargo yo”, dijo la enfermera del turno de noche al vigilante, en respuesta a la petición de la psicopatona, de Marylin. Y volviendo a ella la vista añadió:
“Y tú, Marylin, suelta el cuter, guardatelo, venga, que te vienes conmigo, que te vamos a curar”.
Obedientemente Marylin, Marylin Monroe, que así decía que se llamaba, que así constaba en el registro de urgencias, guardó el amortizado cuter en el bolsillo trasero de sus vaqueros sucios y rotos y, con la docilidad de un gatito, la fiera siguió a la enfermera del turno de noche hasta la consulta de psiquiatría.

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