Silencio.

José duerme junto a María, todo está como siempre suele estar a éstas horas de la noche, oscuro y sin ruidos, pero no sin sonidos. Cualquiera que se tomase la molestia de pararse a escuchar podría darse cuenta de la infinitud de sonidos que incesantemente rompen el santo silencio, ese que yo jamás he sentido en la vida. El silencio no existe, ya lo dijo D. Torcuato Luca de Tena a través de la protagonista de una de sus, en mi opinión, mejores novelas, “Los renglones torcidos de Dios”. El silencio absoluto, en su esencia más pura, ese, no existe, es sólo una teoría que procede de negar el sonido en nuestra imaginación, de restárselo a la vida. Algunos más inteligentes que yo podrían intentar hechar abajo todo éste razonamiento mío introduciendo en la escena al sordo de nacimiento. A lo cual yo respondería que si un árbol se cae en el desierto hace ruido al chocar contra el suelo aunque allí mismo, junto a aquel pobre árbol, no haya testigos. El sordo, por desgracia, o por gracia divina, aunque hubiese sido él mismo el que con sus manos hubiera talado el arbol, sin duda, no lo hubiese oído.
Desde que nacemos, incluso en el vientre materno, la ausencia de silencio nos acompañará, como la sombra, como el respirar o el parpadear, o como el peerse al toser, son ejemplos, hasta la tumba. Si interrogásemos con aínco a éste supuesto escuchador de sonidos nocturnos que antes citaba, ¿qué es lo que oye usted buen hombre?, nos diría, por orden de aproximación a su aparato auditivo, que lo primero que oye es su respiración, y no sin razón, ya que es de todos conocido que no se puede andar por ahí sin respirar aunque sea de vez en cuando. A su lado oye a María, que también respira porque está viva, dormida pero viva, aunque su respiración es más silenciosa, mejor dicho, menos ruidosa que la de José. José estaba roncando, afectado desde hace años de los pulmones; por culpa del tabaco, del frío que hace en su trabajo; porque José trabaja en la construcción, del humo de los coches y la polución que respira fuera y dentro de su casa, de los gases que inhala en el desarrollo diario de su oficio; que es soldador y de los buenos, de esos que te hacen un cordón como mandan los cánones, y los patrones, en fin, no entremos en detalles constructivos y prosigamos con los sonidos, que ahora suena, y de ello nos informa nuestro oyente paciente, en la mesita de noche, el tic-tac del reloj-despertador. Ese tic-tac es producido en serie por la más delgada de las tres agujas que giran para situar a los hombres bajo el sol en un momento determinado. Esa fina aguja, casi parece anoréxica, la aguja roja por antonomasia del segundero, cada segundo que remarca lleva a la grupa un tic y un tac. De ésto pueden deducir los de espíritus más matemáticos que medio segundo correspondería a un tic y otro medio a un tac, lo que nos llevaría, inevitablemente, a decir que lo que escuchamos en verdad no es un segundero, lo que realmente estaríamos oyendo es un mediosegundero. Tanto tiempo hasta hoy para darnos cuenta de éste hecho. Pero no nos desviemos y continuemos escuchando, u oyendo, que a mí, a éstas alturas, como que me da igual. Ya fuera de la habitación conyugal, en la otra de al lado, la del hijo, llamado Jesús por su abuelo, que también duerme y respira, Jesús, no el abuelo, que en paz siga descansando el hombre, y que respirará hasta su muerte, Jesús también, no el abuelo, no es el sonido del respirar precisamente lo que escucha nuestro oyente, es más bien un jadear unido al sonido que hacen las ropas de cama cuando te revuelves dentro. Qué no estaría soñando el chaval, al que dejamos en paz para ir tras los pasos de otro sonido nuevo pero viejo y conocido, el siseo de la cisterna, que deberá andar mal ajustada, en el baño, donde tambien rugen de madrugada las bajantes. Un vecino de los pisos superiores ha tenido un apretón, o un retortijón de tripas, eso no lo podemos asegurar, ni tampoco que sea el vecino del tercero, cuarto, quinto, o sexto, ya que nuestro José vive en el segundo, lo que si podemos aseverar con la total seguridad de que lo que estamos diciendo es la verdad, me muera yo, es de que el vecino era de un piso superior. Esa verdad la pueden comprobar, con la ley de la gravedad en la mano, los más incrédulos. La mierda nunca puede caer hacia arriba. En teoría, porque depende a lo que llamemos mierda, pero para el caso nuestro de las bajantes y sus ruidos nos vale. El grifo del labavo, por lo menos en ésta casa, no gotea, por lo que no produce sonido alguno estando cerrado, por lo que no lo vamos a enumerar en la lista de sonidos nocturnos de éste relato, que ya va teniendo visos de ser novela, y, si no novela, novelilla al menos, porque nos aproximamos ahora a la habitación de la hija de María y de José, la habitación rosa de Magdalena. Magdalena es muy joven y apenas respira fuerte como para que nuestro oyente lo escuche desde su posición. Recordemos que estaba entre José y María, allí lo pusimos y allí sigue, o sea que lo que de la habitación de Magdalena llega en forma de sonido hacia nuestro oyente son unos rechinares fuertes que pega la niña con los dientes. Los rechina en intervalos breves, escucharlo es como pasar las uñas por la pizarra del colegio. Lamentamos estar haciendo sufrir tanto a nuestro oyente, restándole horas de sueño, manteniéndolo en vela por un capricho, por un pensamiento que se ha colado en la mente diciendo que el silencio no existe, que sólo el sonido, en cualquiera de sus formas, está siempre presente, como un Dios, omnipresente, y que el silencio es una utopía valiente a la que sólo algunos ignorantes aspiran llegar alguna vez, algún día, en su vida, o con la muerte.
Nuestro oyente aguanta estóicamente y nos dice que desde las lejanas tierras de la cocina llegan a sus oídos los motores del frigorífico, que no son diesel, menos mal, y el goteo insistente del grifo del fregadero, que debe ser de la junta, esa que cuesta sesenta centimos y que el fontanero te la pone por cincuenta euros en un momentito.
Los sonidos que entran por las ventanas cerradas, pero vulnerables, de la casa son de varios tipos, lo sabemos, pero no los enumeraremos por ser muchos y muy variados los tipos, así que los dejaremos mencionados, para que nadie pueda hecharlos en falta ni a mí me pongan falta por no haberlos hechado a la saca, con lo que podremos concluir éste relato y dejar marchar ya al oyente que se empieza a quedar traspuesto entre José y María. Buena gente.

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