Manolo, el dios, con minúscula, del viento.

Manolo nació con el sagrado don del soplo en los pulmones. Desde que nació ya andaba soplando a sus anchas por todas partes. Sopló todo lo que era supceptible de ser soplado, y lo que no también.

Una de las primeras cosas que sopló Manolo fue el pezón del seno materno. Cuando ya había saciado su neonato apetito y antes de que la madre le retirara el pecho, Manolo se deleitaba produciendo sopliditos torpes y sin acierto, debido a su temprana edad y a la de sus pulmones, pero ya era un comienzo, un principio de un comienzo es más acertado.

La madre de Manolo fue la que más apoyó y fomentó el don de su hijo. Desde pequeño ya le animaba a soplar las cerillas, tras haber encendido el gas de la cocina o el calentador de la terraza. Y le contaba siempre, todas las noches, sin excepciones, sentada en su cama y él abrazado a ella, el cuento de los tres cerditos. La madre de Manolo siempre variaba ligeramente la versión original, haciendo quedar al lobo como el héroe soplador y a los otros tres como constructores pringados que no saben construir porque solo son unos cerdos que lo único que ansían es comer y engordar.

En los cumpleaños no hacía falta que nadie animase a Manolo, en cuanto se apagaban las luces y aparecía el porteador de turno con la tarta elevada Manolo la soplaba, apagando todas las velitas de colores de inmediato. Poco a poco, inexplicablemente, dejaron de invitar a Manolo a los cumpleaños de otros niños, sacrificando incluso el trabajo que hasta entonces siempre había realizado Manolo que era hinchar todos los globos de las fiestas.

La primera vez que vio a alguien soplando un globo casi le da un infarto, las pulsaciones se le aceleraron de tal forma que el corazón parecíale que se salía por la boca. A partir de ese revelador día sopló globos de todas formas y colores, se quedó enganchado. Los primeros globitos que Manolo sopló fueron los típicos globos con forma de pera. Al principio le costó vencer la resistencia del material y solo conseguía de ellos una leve hinchazón, un amorcillamiento colorido. Pero, poco a poco, con voluntad y tesón, llegó a reventarlos de un solo golpe de pulmón. Cuando fue cogiendo confianza con los globos de pera pasó a los globos con formas de osito, que más tarde fueron de corazón, para acabar con los de forma de patito. Pero pronto se le quedó pequeño el mundo de los globos normales. Fue entonces cuando comenzó con los globos que usan los payasos y los mimos, más profesionales, para, doblándolos y torciéndolos, conseguir crear formas increíbles e imposibles de animales y objetos. Estos globos son pequeñísimos cuando no tienen aire, pero al insuflarles viento crecen y crecen transformándose en un churro alargado, diez o quince veces mayor que deshinchados. Yo he intentado hinchar alguno de éstos diminutos globos a pulmón, en alguna ocasión, pero no pasó de ahí, de intento. Casi me reviento los tímpanos de tanto concentrar el aire para potenciar la fuerza del soplido. Los profesionales que no son Manolo, ni yo, utilizan bombas de mano para hinchar los globos, no de las que hacen ¡pum! sino de las que utilizan los ciclistas en sus bicicletas, pero de éste hecho no tenía noticias Manolo, ni yo. Manolo, ya lo intuíamos, los hinchaba a base de soplar con cojones, con muchas ganas y entusiasmo para los más finos. No hay nada que Manolo no pudiera soplar mejor que nadie.

Manolo tenía a su madre para abrirle nuevas rutas, nuevas vías que explorar, y así, un día, se le ocurrió a ésta una nueva forma de usar el don de Manolo, lo puso a secar la colada a soplidos. Al principio, a modo de prueba, no eran más que dos o tres pañuelos del padre, recién lavados y escurridos a mano, luego, como la cosa funcionó bien, se le sumaron algunas bragas de la madre, para, más tarde, cuando se comprobó que el hijo estaba preparado y suelto, pasar de golpe a secar sábanas y toallas de baño. Tal era el soplo de Manolo.

Manolo le podría haber soplado el ojo al cíclope, en plan materno, para aliviarle un poco el dolor, después de que ‘Nadie’ se lo hubiera pinchado, y podría haberse embarcado con Ulises y, de unos soplidos en las velas de su nave, haber arribado a Itaca mucho antes, pero eso ya no sería la historia de Homero sino la de Manolo, el dios, con minúscula, del viento.

Manolo descubrió, siendo joven, que su don podía utilizarse para miles de cosas, no solo para hinchar globos o secar coladas.

Un lluvioso día de invierno, que estaba tronando y Manolo se encontraba solo en su casa soplándosela cómodamente en su habitación, porque así de despiadada es la adolescencia humana, una vecina, poco influirá en el relato que omitamos su nombre, llamó a Manolo por el patio interior que aunaba las ventanas de baños y cocinas del edificio, para pedirle, por favor, que si le podía desatascar la tubería del fregadero, a lo que Manolo contestó con un gemido, pues comenzó a orgasmar en ese preciso instante, puñetera casualidad, que vale, que en un momento bajaba. Y, en lo que tardó en limpiar la blanca y espesa consecuencia de saciar el instinto sexual manualmente y subirse los pantalones, ya estaba en la cocina de la vecina. Manolo sopló por el desagüe con tal virulencia que tuvieron problemas de desbordamientos y atoramientos en la planta depuradora de aguas residuales que se encontraba en las afueras de la población. La anónima vecina quedó tan encantada con el trabajo que, en justa recompensa, le regaló a Manolo la gaita de su difunto marido, pues ésta vecina era, además de anónima, viuda. Así es como Manolo descubrió al gaitero que llevaba dentro, gracias a un trabajo de fontanería limpio y rápido y a una vecina agradecida y viuda que estaba hasta el moño de estar viendo todo el santo día la puta gaita del difunto marido colgada en la pared del salón. Para que luego se diga que el tocino nada tiene que ver con la velocidad.

Manolo fue entrenado y puesto a prueba innumerables veces a lo largo de su dilatada existencia por su familia cercana, por la lejana y por la de más allá. Una vez, o un día, qué más da, vino un tío suyo de América, todos tenemos algún familiar en América, y trajo consigo uno de esos coches tan americanos, tipo ranchera, con laterales en madera beteada, y Manolo se ofreció a lavárselo. Lo primero que hizo fue escupir bocanadas de agua por todo el coche para quitarle los mosquitos y el barro, luego lo enjabonó, tras lo cual volvió a las bocanadas de agua para enjuagarlo, rematando el proceso higiénico con un fuerte soplido que se llevó la totalidad de las gotas de agua del vehículo, dejándolo totalmente seco. Al poco de regresar el americano a su tierra, Manolo recibió una carta de éste en la que le mostraba una rudimentaria máquina automática de lavado de vehículos que había patentado, le daba las gracias por la idea y le recompensaba con un documento legal que le hacía partícipe de varias acciones de la empresa que había creado. Yo, cada vez que llevo mi coche a lavar, no puedo evitar recordar a Manolo. Por unas u otras razones, o por diversos motivos, Manolo siempre sale a colación, siempre está presente, como una luz que ilumina nuestros ciegos pasos por éste mundo plagado de vidas insatisfechas.

Podríamos estar relatando las azañas que Manolo realizó a lo largo de su vida y no terminaríamos nunca, como aquella vez que se le antojó volar una cometa un día de Agosto a la hora de la siesta, que no corría el aire ni a tiros, pero Manolo sabía como conseguir que una simple cometa se elevase, y vaya si lo consiguió, se puso a soplar la cometa hasta que se perdió en la estratosfera. Pero Manolo nunca se dio importancia por tener el don del viento latente en sus pulmones, más bien todo lo contrario, Manolo era humilde, hombre del pueblo llano, aunque su pueblo estuviera levantado en cuesta, ¡menudas cuestas tenía el pueblo de Manolo!. Tenía muchos amigos porque ofrecía su don gratuitamente. Para los que no estén familiarizados con ésta palabra, aclarar que ‘gratuitamente‘ significa dar algo sin esperar nada a cambio, o, dicho en argot más constructivo, no cobrar ni el material ni la mano de obra por un trabajo. Manolo creía que el capitalismo era el mal que sufren los que viven en Madrid, Lisboa, París, Londres o Washington, que está más lejos. Manolo tenía otra forma de tratar con el mundo, otra forma de ver la vida, su ‘life style‘. Si Manolo estaba en el prado tomando el sol tumbado sobre la hierba y aparecía un anticiclón en el horizonte amenazando, como poco, lluvia, se ponía a soplar y desplazaba el cúmulo nuboso hacia los países norteños. Por eso llueve tanto en Asturias y por el Reino Unido. Manolo no se andaba por las ramas.

Manolo murió viejo, pero no de vejez, sino de gilipollez. Con setenta y cinco años se puso a pensar y, aunque muchos ya habrán caído en la cuenta, Manolo no lo hizo hasta ese día, pensando pensando, pensó que si era capaz de expirar tanto aire hacia el mundo también podría inspirar la misma cantidad de aire hacia sus adentros, y esto estaba poniendo a prueba cuando, de una inspiración sublime, se tragó su casa, literalmente, se le metió por la boca todo cuanto había en la habitación, y claro, uno no puede hacer la digestión de todo eso y finalmente se muere atragantado. El don se lo dio todo y el don se lo quitó. En su tumba se puede leer éste epitafio ‘Manolo, el dios, con minúscula, del viento’.

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2 respuestas a Manolo, el dios, con minúscula, del viento.

  1. Malalua dijo:

    Brutal. Desde el principio hasta el final. ¡Qué imaginación tienes, por favor! Me ha encantado. Y todas las hazañas que te habrás dejado en el tintero, jajaja. ¡Viva Manolo! (Que en paz descanse)Besos.

  2. ecce hommo dijo:

    Si supieras lo que se yo de Manolo estarías escribiendo toda tu vida, jejeje.Un abrazo, mala.

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