Un instante de consciencia. (soliloquio).

Siempre pensé que era mejor ser consciente un instante que vivir una larga vida soñando, y por ende, dormido.
Un solo instante de consciencia plena debe equivaler a mil vidas inconscientes, o quizás a más de un millón, quizás solo a una, pero en ese instante de consciencia se hacen presentes la vida toda, la eternidad, el infinito, el todo, el vacio, y la inmensidad que representamos dentro de nuestra aparente pequeñez. Solo ese instante es suficiente para darle validez y sentido a la creación entera. Para darse cuenta de la perfección con que esta se lleva a cabo. Ese instante es para entender, de una vez por todas, que, bajo la superficie, somos parte de un todo perfecto y armonioso, que todos vamos en el mismo barco, buscando lo mismo, deseando encontrar lo mismo.
Nada nos divide cuando logramos romper el velo de lo aparente, de lo accesorio, de lo heredado, en fin, de lo que nos es ajeno. Y nos es ajeno, aunque a priori no lo parezca, todo lo malo del mundo. En nosotros, originariamente, de fábrica, solo había amor. Lo demás lo vamos echando a la mochila por el camino. Y, ojo, que digo “sólo” no en el sentido de cantidad sino de unicidad, amor es lo único que debería haber, o por lo menos debería ser la base de todo lo demás, el principio motor de todas nuestras acciones y pensamientos, sobre todo pensamientos, ya que estos son poderosos y capaces de cambiar la realidad del mundo.
Y esto nos lleva, inevitablemente, al manejo del pensamiento, a su dominio. Normalmente se vive y no se cae en la cuenta de quién es el que lleva en cada instante las riendas, ni de que fuentes da de beber a sus caballos. A poco que nos fijemos, veremos que son muchos los arrieros que a lo largo del día se turnan para dirigir nuestras vidas. Y sin embargo damos por sentado de que es uno solo el amo y señor del cortijo al cual llamamos existencia.
El dominio o manejo de los pensamientos no es tal. No hay nada que dominar, ni lucha ni batalla que afrontar. El dominio es simplemente ocupar el puesto del arriero conscientemente, observar sin juzgar lo que nos muestran nuestros pensamientos, dejarlos fluir igual que observamos el discurrir del agua de un rio. Miramos ese rio en un punto fijo y la mirada no se nos va con el agua rio abajo.
Cuando la mirada se une a la corriente es cuando encontramos, más tarde o más temprano, las inevitables turbulencias y los saltos al vacio que se llaman cascadas; que es como, al final, quedan las almas que luchan contra o a favor de la corriente. No hay que mojarse.
 imagenes: eumelvi-photo

Lo que no se puede evitar hacer, llegados a este punto de consciencia donde ahora somos el observador absoluto, lugar que se ocupa tras haber identificado a los otros arrieros y haberlos destronado con un simple gesto de buena voluntad, es seguir el dictado de la consciencia, ya que esta, inexplicablemente, está conectada con el corazón, que, casualidades de la vida, es el receptáculo del amor, el de verdad, la única fuente que puede calmar la sed de un observador absoluto. Y unidas consciencia y amor, a través del corazón, es cómo podemos comenzar a producir, a diestro y siniestro,  pensamientos y estos, a su vez, producirán el cambio que, como ya dije antes, todos buscamos y todos queremos encontrar.
Y, para finalizar, pensemos, que ¿si todo esto es posible con un instante de consciencia, que se podría conseguir con solo un poquito más de ella?
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