No me cansaré de repetirlo.

Este post lo publiqué en el 2008. He pensado que es un buen momento para rescatarlo.

Eumelvi siempre tuvo una inquietud causada por una duda que decía que algo faltaba, algo esencial, un algo que sabes que debería estar ahí pero que no estaba, un algo que nadie de los que conoces conoce, pero tu lo buscas porque lo intuyes, no sabes lo que es pero debes encontrarlo, algo dentro de ti te dice que existe, algo en tu interior lo sabe porque hay un hueco vacío que lo delata. Es algo que no encuentras por ningún sitio, lo buscas con aínco por todas partes, pero como no sabes lo que es no lo encuentras.
Luego de mucho buscar por el mundo, y de no encontrar nada, decides mirar en la religión, te apuntas al seminario, te haces un beato, lees la biblia como si fuese la verdad absoluta, pero con el tiempo te das cuenta que tampoco eso te llena el hueco, comienzas a ver las fallas, las incongruencias, la maldad oculta tras la careta de la santidad, entonces lo abandonas y te pones a buscar en otros libros, lees a los antiguos filósofos porque crees que eran muy sabios, lees a los maestros de los maestros con la intención de descubrir eso que sea que buscas, pero no hallas lo que sea eso que quieres encontrar. Descubres otras cosas, aprendes otros conceptos, que nunca están de más, pero no logras dar con el objeto de tu anhelo. Poco a poco la ilusión se va perdiendo, estás cansado de perseguir una quimera que sólo es producto de tus pensamientos y, de pronto, cuando ya has dejado de buscar afuera, lo encuentras dentro de ti.
Eso que buscaba con tanto afán no era otra cosa que a mí mismo, la consciencia del ser, el ser universal, el reino de Dios, que no está en el cielo, sino dentro de nosotros. Pero una vez descubierto no acabas, más bien comienzas el trabajo. Has encontrado un tesoro, el tesoro más valioso que una persona pueda encontrar, pero como yacía olvidado en un oscuro rincón, sepultado por todo el condicionamiento adquirido desde niño, te lo encuentras sucio, opaco, poco luminoso y es entonces cuando dedicas todos tus esfuerzos a recuperar el esplendor perdido. Ese es el trabajo más sagrado para una persona, el trabajo que todos debieran realizar.
Pero ves que la gente se queda en la mitad, que no son capaces de volver la mirada hacia su interior, que se asustan de lo que ven cuando se asoman; a mí también me pasó, pero hay que ser valientes, enfrentarse al miedo mismo, plantarle cara y vencerlo, vencernos a nosotros mismos, apechugar con las consecuencias de lo que hemos sido, de lo que hemos malgastado, de lo que hemos ofendido y maltratado, tanto a los demás como a nosotros mismos, y esa es la única manera de alcanzar algo grande, algo mejor de lo que hasta ahora hemos conocido. A diario sólo vemos violencia, miseria, envidia, celos…; raro es el día que encendemos la televisión o abrimos el periódico y encontramos una noticia que nos hable de verdad al corazón, que nos muestre la belleza, la caridad, el amor, la unión. Todo son vanas ilusiones, imágenes y palabras que se cuelan en nuestra mente inconsciente haciéndonos ciegos, esclavos y miserables. A los poderosos no les interesa que seamos críticos, que cuestionemos lo que nos imponen desde fuera, quieren que seamos mansos, como borregos, que trabajemos y que no nos sublevemos a la tiranía de sus sutiles látigos. No quieren perder ni un ápice de su poder, no quieren que la humanidad viva una vida plena y feliz, promueven la división y la desigualdad, y ésto se puede ver por todas partes.

Somos diferentes de los animales, no tenemos porque seguir las pautas de nadie, no estamos obligados a defender los intereses de un puñado de millonarios, ni ir a sus guerras, ni bailar la música que ellos toquen.
Pero la liberación sólo es posible si nos damos cuenta de que vivimos presos, esclavos de un sistema que no hemos elegido, de un sistema que nos esclaviza, que nos hace ser cada vez más autómatas, menos independientes, más avaros, menos personas.
La Tierra tiene recursos suficientes para mantener a todos sus habitantes, no es necesario que muera nadie de hambre o de frío, no es justo que unos pocos acaben con los recursos de todos. Somos inteligentes, podemos cambiar el mundo, hacerlo un lugar agradable y digno. Sólo hace falta despertar de la ilusión en la que vivimos.
Y hasta que ésto no se consiga, seguiré con mi lucha, diciendo una y otra vez: ¡Despertad de una vez almas ciegas!, y no me cansaré porque os quiero de veras.

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